Del sueño a la realidad y de cómo no enloquecer en el intento

La historia tiene eso, que la hace tan difícil de relatar y de entender que siempre resulta más cómodo narrarla una vez que ya ha ocurrido. Desde este punto, pareciera más fácil comprender todo aquello que fue verdaderamente importante y desechar lo que no influyó en el resultado.

La humanidad vive llena de causas que lo explican todo, aunque no existan, las buscamos y sino las sabemos las inventamos, estamos aunque no nos guste llenos del “¿Por qué?” y carentes de suficientes “Por esto”. Cuando las historias se escriben del lado victorioso nos damos cuenta que es aún más fácil inventarnos cualquier cantidad de motivos falsos que dieron lugar a nuestro incuestionable triunfo. Curiosamente cuando no somos los victoriosos, las causas de la misma historia varían ampliamente.

La gran verdad que se esconde detrás de nuestros intentos de explicarlo todo es que hay veces en que verdaderamente no sabemos cómo fue que algo así pudo ocurrir, la gran mentira por otra parte es decir que no existe una causa o causas, por supuesto que existen, sólo que simplemente no las conocemos. Si la vida no es más que la suma de nuestras decisiones, el problema de no poder explicarlo todo se convierte en uno de no poder enumerar todas nuestras decisiones y en el horrible pensamiento de no comprender por completo a donde nos están llevando nuestras elecciones.

Y es ahí donde la locura nos puede tomar por sorpresa, cuando el mundo en el que jugamos al libre albedrio, parece decirnos que todas nuestras decisiones han sido erróneas, cuando todo parece llevarnos a un callejón sin salida donde no hay nadie más que culpar que a nosotros y a nuestras decisiones, pues sin duda que han sido ellas las que nos han puesto ahí, ¿Cuáles? No importa pero han sido esas malditas y a la vez amadas deliberaciones las que nos han llevado a la ruina o al éxito.

Por eso es tan fácil decir “Que la historia me juzgue” claro, porque después será muy complicado armar la historia y quién sabe quizás hasta salgas absuelta de uno que otro pecado, que a la luz de todas tus buenas obras ha quedado olvidado por ti o por los demás. ¿Pues a quién le gusta admitir que se ha equivocado? Sí, lo haces pero de eso a que te guste. Las buenas conversaciones son de logros y de proezas no de errores sistemáticos que uno comete.

En el afán de convertir algún sueño en realidad es imperioso olvidarse de todos esos detalles que lo pueden acechar a uno por siempre y abstenerse de crearse historias “para que los demás puedan entender”. Y más importante que todo es creer en lo que se hace, sabedor que los callejones sin salida tienen muros que se pueden derribar para convertirlos en calles amplias por donde transitar. A fin de cuentas si tus impulsos te han llevado a la ruina siempre podrás tomar nuevas y mejores decisiones para sacarte de ahí, al menos mientras te quede algo de voluntad y sueños para intentarlo.